sábado, 26 de julio de 2014

LA MALDICIÓN DEL HOMBRE LOBO

Si es que estás cosas solo me pasan a mí. Resulta que hace unos meses, embriagado de soledad y falta de cariño, me acerqué a la perrera municipal dispuesto a adoptar un ser que me apreciara como a un igual y salí de allí con una perra mestiza cuya carta de pedigrí daba por todas señas lo siguiente,"hembra gris mediana". Tiene doble espolón en las patas traseras y las orejas demasiado grandes para que se mantengan tiesas. El culo ligeramente más alto que la cruz lo que le da un andar torpe y oscilante, vestigios a mi entender, de su madre Mastín.
Los demás rasgos coinciden totalmente con los de un Lobo Ibérico (canis lupus signatus) excepto por la mancha negra característica, de ahí lo de signatus, que no le llega hasta el final de las patas como debiera. Deduje que debe ser mi perra fruto de la idílica y fugaz relación de una mastina en celo y un lobo periférico, que son esos machos que no se resignan al liderazgo del macho alfa, al menos en lo tocante a la reproducción, pero no son lo suficientemente fuertes para derrocarlo. Deduzco mastina y lobo, y no loba y mastín, puesto que una vez que la cópula se ha producido, sucede en los bosques lo que en los bares, cada mochuelo vuelve a su olivo, y si hubiera sido la madre loba, hubiera vuelto a criar sus cachorros a la seguridad de la manada y difícilmente acabaría ningún miembro de su prole en una perrera municipal. Ergo, fue la mastina quien volvió al hogar y ya sabemos, entre humanos y lobos, cuál es la especie más hijaputa.
En fín, lo importante de esta historia no es eso, sinó otra cabriola de la naturaleza bien distinta. La perra, (Brisa, le puse de nombre,) se adaptó a la casa y a mis costumbres sin mayor problema y a las dos semanas ya era como si se hubiese criado conmigo. Pero hete aquí que una noche, plenilunio para más señas, Brisa, que había estado todo el día rara, empezó a gemir y a gruñir y rascarse la cara con las patas delanteras y a retorcerse en el suelo y a crecerle el culo y a formársele en el pecho dos senos de indudable humanidad y, allí, ante mis incrédulos ojos, mi perra se transformó en un pivón de no te menees. Como os lo cuento.
Coño!! Menudo chollo, pensé, pero no había terminado de pensarlo cuando Brisa, en su forma de mujeraza se abalanzó sobre mí y me arreó un mordisco en las costillas. Al principio, con la emoción, no me dolió mucho y además, no os voy a engañar, ya estaba yo pensando en morderla a ella, pero rápidamente comenzé a sentirme mareado. Luego todos mis huesos empezaron a crujir, aumentaban unos y menguaban otros, y el dolor y la propia estructura que mi cuerpo estaba tomando me impedían seguir erguido. Me salía pelo por todas partes, pelo!! yo que ya estaba hecho a mi alopecia. Me salieron colmillos, qué os voy a contar de los colmillos, enormes. De pronto el dolor cesó y yo me sentía genial, feliz, con unas ganas incontenibles de salir a la calle y correr. Y saltar. Miré a Brisa desnuda pero ya la ví de otra manera, incluso la tensión sexual de solo unos minutos antes había desaparecido. Me acerqué a ella meneando la cola y le dije, Guau!! Ella me puso el collar, la correa y me sacó a mear.
Y así todos los ciclos lunares. Hay que joderse.

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