lunes, 30 de diciembre de 2013

Músicoterapia

Siempre he admirado a los músicos. Al principio por la disposición que mostraban a pillar, por feos que fuesen, pero luego, con el tiempo, por la capacidad de conectar con otra persona, incluso con masas de personas, sin utilizar el lenguaje, solo pulsando sentimientos. Me parecía magia inexplicable que gentes de diferentes edades, sexos, creencias y culturas fuéramos capaces de menear el culo al unísono guiados por un señor o una señora tañendo un instrumento musical _solo pensad lo que nos cuesta ponernos de acuerdo hablando, incluso el mismo idioma_.
Ya conté que mi carrera musical la truncó un cabrón profesor de música a muy corta edad, pero hete aquí que un día decidí dejar de echarle toda la culpa al cabrón y comprobar por mí mismo si de verdad era musicalmente inútil. Desde ese día admiro todavía más a los músicos por la aparente facilidad con que hacen algo tan jodidamente difícil.
La cosa es que la música me guardaba una grata sorpresa. No, no resulté ser un virtuoso innato, pero descubrí que mediante el estudio de un instrumento musical se puede viajar, se puede uno mover a su antojo por tiempo y espacio y, lo mejor, puede uno visitar su propia mente, te ayuda a conocerte mejor. Qué digo conocerte mejor, a descubrirte a ti mismo. Ay, la introspección, uno nunca sabe cómo es realmente.
El aprendizaje de cualquier instrumento musical demanda un esfuerzo físico y mental y es un ejercicio de humildad que te coloca en tu sitio _ generalmente no es donde tú pensabas_. Te hace ver que si bien el ser humano, como especie, es capazaz de inimaginables proezas, individualmente nuestras capacidades tienen un límite _que aunque flexible, límite al fin y al cabo_.
Un instrumento de viento, como es mi caso, requiere de las habilidades digitales como cualquier otro y además de un contínuo control de la respiración lo que ya te predispone, por cojones, al misticismo. Un instrumento de viento exige un total dominio del ego que siempre pretende anteponer la pasión al talento. Los pulmones deben contenerse, los dedos simplemente obedecer y el oído concentrarse en en el sonido que emite el instrumento, que debe ser el que debe ser, no el que el ego nos dice que así es más guay, no el que la pasión distorsiona, no el que la pereza da por bueno. Si todo está bien hecho, si el oído, los dedos, los pulmones, los labios, la lengua, si todas las partes involucradas actúan acordes, entonces la nota correcta, limpia, sin imperfeciones debería brotar del instrumento en busca de una mente que emocionar. No es el caso.




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