domingo, 10 de noviembre de 2013

JACINTO Y EL REFLEJO.

No sé si sabré explicar con claridad el siguiente suceso.
Jacinto Montes, recién salido de la ducha, bailaba desnudo delante del espejo, un espejo grande que colgaba de la pared de su cuarto de baño. Esa noche había quedado para cenar con Ágata, a la que hacía más de dos meses que no veía y quizás era debido a eso su evidente alegría. El  caso es que, como digo, Jacinto bailaba desnudo delante del espejo, ora abrazando a una delicada e invisible pareja ora girando desenfrenadamente y de vez en cuando deteniéndose y permaneciendo estático durante unos segundos en alguna pose original. Al ritmo de alguna sinfonía interior que seguramente llegaba a un apoteósico culmen, Jacinto Montes emprendió en una sucesión de saltos verticales con doble giro y caída en "primera posición" que desembocó en un traspiés centrífugo que le arrojó fuertemente contra el espejo. Por no se sabe qué misteriosa cabriola de la naturaleza, del encontronazo contra sí mismo resultó ir a dar con sus huesos al pequeño habitáculo en que moraba su imagen reflejada. A su vez, su imagen había caído hacia afuera y estaba ahora sentada en el suelo de su cuarto de baño, jadeante y confusa. Exactamente igual que él.

Fueron ambos recobrando el control sobre sí mismos y poco a poco empezaban a entender lo que había sucedido. Jacinto Montes se miraba las manos, se palpaba los muslos, se manoseaba la cara. Lo mismo hacia su confuso reflejo que había invadido su casa, miraba al espejo y allí veía a Jacinto Montes, preso al otro lado del cristal. Jacinto había caído en lo que parecía un cuartucho de reducido tamaño y únicamente iluminado por la claridad que provenía del cuarto de  baño, al verse encerrado, pensó en lanzarse contra aquella ventana por la que había traspasado no sabía qué dimensión y volver por la fuerza a su piso, pero le detuvo la idea de que no fuera posible la existencia simultánea de él y su imagen al mismo lado del espejo y  temía ser él quien se desvaneciera en la nada, así que retrocedió. Vio que el reflejo retrocedía a su vez. El reflejo que estuvo por un instante tentado a volver a su sitio recapacitó y pronto se dio cuenta que la libertad tan anhelada y de la que ahora gozaba residía en ese lado, el lado de la realidad por fin. Lentamente retrocedió hasta llegar a la puerta del baño, la abrió y cuando salía, vio a Jacinto Montes salir también del baño reflejado.
Jacinto, que al mismo tiempo y en la penumbra de aquel cuarto detrás del espejo se topó con el pomo de una puerta, salió pensando que al igual que su reflejo al que había visto por el rabillo del ojo salir de su baño llegaría él a su habitación pero al cerrar la puerta tras de sí quedó sumido en la más completa oscuridad. Por instinto quizás, adelantó los brazos e intentó buscar una referencia sin encontrarla, avanzó a ciegas unos metros y tampoco halló nada que le indicara dónde se encontraba. Entonces volvió sobre sus pasos, tanteó a su espalda, pero ya no pudo encontrar el pomo de la puerta.  Pensó que se habría desorientado por la total ausencia de luz, así que, con los brazos extendidos, giró a derecha e izquierda intentando encontrar la pared. Donde quiera que estuviese, aquel lugar era más espacioso de lo que había supuesto en un principio.
Entretanto, en la habitación de Jacinto Montes a donde sí había llegado su reflejo, éste permanecía de pie, inmóvil, observándolo todo. Casi todas las cosas que había en la habitación le eran más o menos conocidas. De pronto reparó en la ropa que estaba ordenadamente colocada encima de la cama. Aquello lo conocía muy bien, cogió los pantalones y se los puso. Sabía el desconcierto que estaría sufriendo Jacinto Montes, en la oscuridad del espejo, con aquella operación. Allá, dentro del espejo, Jacinto, sin saber como ni por qué o por quién, estaba siendo vestido. En la oscuridad, algo le rozaba levemente, algo que no podía ver pero que podía sentir a su lado, como si una bandada de palomas revolotearan a su alrededor en la oscuridad, golpeándole suavemente con las alas por todo el cuerpo. Intentando protegerse, Jacinto Montes se cubría la cara con una mano mientras con la otra intentaba espantar a las aves. Uno de esos manotazos al aire fue a dar de nuevo contra el pomo de la puerta y reconociéndolo al tacto abrió y salió apresuradamente para encontrarse de nuevo en el habitáculo donde había caído por primera vez. Frente a él, su reflejo estaba parado en mitad del cuarto de baño.
El reflejo meditaba sobre la cantidad de veces que se había acicalado, peinado, afeitado, cepillado los dientes, para luego ir a parar a la negritud de su cautiverio. Estaba a medio vestir, es decir, vestido con el pantalón y la camisa, por cierto mal abrochada, descalzo y con la corbata en la mano. Jacinto reparó en la corbata cuando se dio cuenta que él también llevaba una en la mano y pensó que la habría cogido en la oscuridad cuando intentaba espantar aquello que él creía palomas. Ya se disponía, movido por la costumbre, a anudarla cuando observó que la camisa que llevaba puesta estaba mal abotonada y sin poder evitarlo procedió pausadamente a recolocar cada botón en su ojal. De pronto, se detuvo. No tenía la menor idea de por qué estaba haciendo aquello. Levantó la mirada y allí estaba su reflejo, abotonándose correctamente la camisa, mejor dicho, detenido con las manos en mitad del pecho, como Jacinto Montes, y mirándole directamente a los ojos con una sonrisa que Jacinto, sin darse siquiera cuenta, devolvía. El reflejo continuó vistiéndose y a duras penas consiguió anudarse la corbata. Luego salió en busca de unos zapatos. Jacinto salió también pero sin saber por qué. Cuando llegó a la oscuridad tuvo la precaución de no cerrar la puerta tras de sí, se quedó escondido entre las sombras, con la espalda pegada a la pared, reflexionando unos minutos. Aquello era una locura y él parecía no ser ya del todo dueño de sus actos. Se preguntaba por qué, en vez de intentar remediar su situación, en vez de buscar una salida, o al menos una explicación razonable a lo que le estaba sucediendo, se había distraído con un gesto tan simple y cotidiano y, sobre todo tan poco oportuno en aquellas circunstancias, como arreglarse la camisa. ¿Qué lo impulsó después a salir corriendo?, ¿qué le impedía volver a entrar? Decidió aprovechar la oscuridad para intentar reordenar lo sucedido.
En primer lugar recordaba haberse caído en el baño y , por demencial que pudiera parecer , tenía constancia de estar, como Alicia, al otro lado del espejo. _puedo deducir_, pensaba Jacinto Montes, _que el reflejo ocupa mi lugar en la realidad, pero entonces es él quien se ve reflejado y yo... no... _. Jacinto Montes sin notar los zapatos que habían aparecido en sus pies, se abalanzó sobre la puerta y se encontró de frente con su reflejo que entraba en el baño. _Tú eres el reflejo_ dijeron al unísono señalándose agresivamente con el dedo. Dicho esto el reflejo salió cerrando la puerta tras de sí.
Como ya he contado, el reflejo soñaba con la realidad, por decirlo de alguna manera, y estaba harto de ver únicamente a Jacinto Montes, así que decidió disfrutar de todo aquello de lo que sólo conocía los preparativos. Jacinto Montes solía asomarse a los espejos en todos los lavabos para retocar su imagen y le gustaba hacer muecas y buscarse granos, puntos negros o algún pelo olvidado por la cuchilla de afeitar. Conocía así, el reflejo, todos los bares del barrio, gran número de tiendas, en cuyos probadores Jacinto Montes escogía entre los mas caros trajes, siempre, los que peor le sentaban, y establecimientos de todo tipo y de grandes ventanales todos, donde se reflejaba la vida de las calles. A veces Jacinto Montes vagaba por las calles solitarias en plena noche y se detenía ante los escaparates para verse reflejado entre los maniquíes. Ahora podría disfrutar él de todo aquello, pensaba el reflejo. Ya no serían las tortuosas ilusiones que se aparecían en la oscuridad, como visiones espectrales. Nunca más aquellas dolorosas mutilaciones cada vez que Jacinto Montes se entretenía viendo sus facciones seccionadas en el espejo roto de cualquier portal. Podría disfrutar también de los misteriosos lugares sin espejos donde pasaba Jacinto Montes la mayor parte del día sumiéndolo a él en la nada. Jacinto Montes era quien estaba ahora dentro del espejo y empezaba a tomar conciencia de lo que aquello suponía.
De pronto, una pequeña ventana circular, como un ojo de buey, se abrió dejando entrar algo de claridad a pocos pasos de Jacinto. Corrió hasta ella y, al asomarse, se topó otra vez de frente con su reflejo. El reflejo le miraba directamente a los ojos y Jacinto, por más que se esforzaba, no conseguía apartar la mirada de los suyos. El reflejo, al que todos tomaban por Jacinto Montes, había llegado a uno de los bares en los que Jacinto solía parar y ahora lo contemplaba en la raquítica luna que colgaba sobre el lavabo. Era consciente de que Jacinto estaba en ese momento intentando por todos los medios averiguar dónde se encontraban, intentando reconocer algo en el entorno, pero ahora era el reflejo quien dirigía las operaciones y mantenía sujetos, con los suyos, los ojos de Jacinto. Jacinto Montes quería mirar, quería ver la realidad que asomaba en el espejo pero el reflejo permanecía sin apartar la vista. Dio la vuelta al pequeño espejo y volvió a dejar a Jacinto en tinieblas. Jacinto Montes comprendía en ese momento que ya no era él el que decidía. Jacinto Montes se había convertido en un reflejo, un reflejo de sí mismo, y no estaba muy seguro de qué era entonces lo que ocupaba su lugar, acaso su reflejo convertido en Jacinto Montes. Dentro del espejo y sin un Jacinto Montes que reflejar, Jacinto Montes no alcanzaba a distinguir sus manos delante de la cara en aquella, como digo, absoluta oscuridad. Comprendía, también que su único contacto con la realidad a partir del momento en que traspasó accidentalmente aquella barrera se limitaría a imitar a su reflejo allá donde quiera que un espejo se interpusiera. Libre dentro de la nada y esclavo en el momento que la realidad se reflejara en alguna superficie. La realidad que ahora pertenecía a su vivo retrato y no a él.
 Pero el rencor y el deseo de venganza habían anidado con el tiempo en el corazón del reflejo, que no dejaba de ser un espejismo, y no tenía otra cosa en la cabeza que no fuera atormentar a Jacinto Montes, hacerle sufrir, al menos tanto como él había sufrido. Recordaba, el reflejo, las interminables horas en la oscuridad, dedicado exclusivamente a intentar comprender su inexistencia, como ahora estaría haciendo Jacinto Montes. Recordaba cuando Jacinto pasaba ante un espejo y permitía a su imagen materializarse, dejándola lo más cerca de la realidad que su carácter de reflejo le permitía. En esos momentos, lo único que podía contemplar de esa realidad, de donde no podía apartar la mirada porque Jacinto Montes no la apartaba, era de la cara de Jacinto Montes. Jacinto Montes se rastreaba la cara en cuanto encontraba un espejo y a eso se reducía la realidad de su reflejo, a la cara de Jacinto Montes. ¡Cuántas veces deseó el reflejo observar lo que sucedía detrás del omnipresente Jacinto!. Pero en cuanto Jacinto se giraba, el mundo se apagaba para él, la realidad se diluía en la oscuridad y no regresaba hasta que Jacinto volvía a mirar un espejo. Por eso el reflejo odiaba a Jacinto Montes, porque cada vez que le sacaba de la oscuridad no le permitía ver más que a él mismo, él todos los días, durante toda su vida, creciendo, deteriorándose, y condenado a dejar de existir, si aquello era existencia, cuando dejara de existir Jacinto Montes. El reflejo volvió a girar el espejo colgado encima del lavabo, miró fijamente a Jacinto y luego destrozó el cristal de un puñetazo. Jacinto Montes sintió como si cien navajas se clavaran en su cara y quedó de nuevo rodeado de nada.
El reflejo salió del bar con el puño ensangrentado y decidido a continuar enviando a Jacinto la única sensación que podía trascender más allá del espejo. Aquello sólo había sido un arrebato de rabia, no le era ni mucho menos necesario al reflejo, estando como estaba en ese lado, autolesionarse para infligir dolor a Jacinto. Le bastaba encontrar algo parecido a un espejo cóncavo, el interior de una cucharilla por ejemplo, y mirarse en ella para deformar la cabeza de Jacinto Montes y colgarlo boca abajo. Contemplarse reflejado en un estanque e inocentemente tirar una moneda para que todos los huesos de Jacinto Montes se descoyuntaran, se retorcieran y se recolocaran al paso de las ondas en la superficie del agua. Jacinto Montes creía morir de dolor en estos trances. Cada marca en el espejo recorría su cuerpo como un sable, cada ondulación le deformaba dolorosamente, si el espejo estaba partido, su cuerpo era seccionado y las mitades ligeramente desplazadas. Era un dolor interior que no podía manifestar porque su cuerpo obedecía tan sólo al reflejo. Y el reflejo sentía satisfacción en aquellos momentos, no dolor.
Jacinto montes quedó de nuevo a oscuras e, incapaz de comprender aquel infierno, se afanaba en buscar un culpable. Nunca había creído en Dios pero si aquello no era obra suya, debía serlo seguro del diablo, y creer en el diablo viene a ser lo mismo que creer en Dios. El tiempo empezaba a perder su antiguo significado en aquel vacío reinante. Jacinto, repuesto del dolor, se limitaba a esperar a que otra ventana se abriese, a que el envés de otro espejo le diera noticias de la realidad, a que su reflejo le sacara de aquel insoportable vacío o al menos le permitiera asomarse al mundo. Pero el reflejo aun no había consumado su venganza. Quería mostrar a Jacinto ese sencillo mundo de oscuridad en toda su plenitud. Ya conocía Jacinto, el dolor, que como dije anteriormente, es la única sensación perceptible en la cara oculta del espejo. Todo lo demás es vacío, no hay más. Ninguna sensación salvo el dolor. Ese vacío de sensaciones, del que Jacinto aún no era muy consciente, era lo que se disponía el reflejo a ofrecerle. Cuando la claridad entró de nuevo Jacinto se acercó a su lado del espejo, al otro, su reflejo se deshacía la corbata, se desabotonaba la camisa, Jacinto obedecía. De pronto unos delicados brazos se acercaron, acariciaron dulcemente el cuello del reflejo, y le despojaron de la camisa, de la corbata, de los pantalones y de los zapatos. Jacinto estaba desnudo también y podía reconocer detrás del reflejo, la habitación de su amante, sin duda, aquella era su cama. El reflejo observaba la habitación a través del espejo con la sola intención de que Jacinto pudiera saber dónde y con quién estaba. Jacinto vio, porque su reflejo así lo quiso, cómo su querida Ágata, tal como acostumbraba, se sacaba las medias sentada en la cama, se quitaba la blusa, se quedaba desnuda mientras el reflejo la miraba a través del espejo para que Jacinto la viese, como tantas veces Jacinto había hecho. Jacinto Montes volvió la vista al reflejo, ya sabiendo que no se debía a su voluntad sino a la de él, sonrío levemente, sabiendo que era el reflejo quien sonreía, y dio la espalda al espejo, sabiendo que era el reflejo al que todos, incluida Ágata, tomaban por Jacinto Montes, quien se daba la vuelta.
El reflejo de Jacinto montes, haciéndose pasar por Jacinto Montes, en efecto, se dirigía hacia la cama donde Ágata le esperaba completamente desnuda y con esa sonrisa pícara que a Jacinto le volvía loco, pero le asaltó un total desconcierto y se detuvo en mitad de la habitación. Maldijo el nombre de Jacinto Montes por no haberle mostrado nunca, por algún estúpido pudor, lo que sucedía en los momentos siguientes. Siempre había rezado para que Jacinto Montes, en alguno de sus frecuentes ligues, terminara haciendo el amor delante de un gran espejo, rompiendo con la infinita castidad a la que le tenía sometido allí  en la nada. ¡Tanto esperó en vano ese momento!, ¡tantas veces se tuvo que resignar a la oscuridad y al vacío!, y ahora que no tenía que pedir ensueños, ahora que no precisaba fantasía alguna porque tenía delante la realidad, no tenía ni la menor idea de qué debía hacer. La ventana que Jacinto Montes abría al reflejarse y la que suponía para el reflejo su único contacto con la realidad, su única fuente de aprendizaje, se cerraba siempre al llegar a este punto. Jacinto Montes, privando al reflejo de su más ansiado deseo, había truncado también su venganza, arrebatándole el único impulso que lo sacó del espejo. Entonces se miraron cara a cara Jacinto Montes y su reflejo. Ante la mirada atónita de Ágata, el reflejo al que ella había tomado por Jacinto Montes, se abalanzó con todas sus fuerzas contra el espejo, dispuesto a acabar con Jacinto para siempre. Jacinto, por su parte, arremetía igualmente contra el reflejo en un último y desesperado intento de recuperar su existencia. Del brutal impacto, Jacinto Montes quedó tendido en el suelo de la habitación de Ágata, que no daba crédito a lo que estaba presenciando, y el reflejo desapareció entre los mil añicos en que quedó convertido el espejo. Imaginareis como se debió poner Ágata al ver una luna de seiscientos euros tintada en sepia completamente destrozada. Por supuesto, en medio del ataque de histeria que estaba sufriendo no atendía las explicaciones que el recién rescatado de la nada Jacinto trataba de darle y lo sacó de su casa de bastante mala manera tildándole de maníaco y no volvieron a saber más el uno del otro.
 Desde ese día Jacinto montes no volvió a ser el que era. Su aspecto descuidado, una larga barba que le ocultaba casi toda la cara y una especial fobia a los espejos que le obligaba a caminar evitándolos, eran actitudes que molestaron a los vecinos e interesaron mucho a los médicos, así pues, para bien de todos, ingresaron a Jacinto Montes en una clínica de salud mental encerrándole en un cuarto acolchado y, a petición propia, sin espejos.

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