domingo, 10 de noviembre de 2013

JACINTO Y EL REFLEJO.

No sé si sabré explicar con claridad el siguiente suceso.
Jacinto Montes, recién salido de la ducha, bailaba desnudo delante del espejo, un espejo grande que colgaba de la pared de su cuarto de baño. Esa noche había quedado para cenar con Ágata, a la que hacía más de dos meses que no veía y quizás era debido a eso su evidente alegría. El  caso es que, como digo, Jacinto bailaba desnudo delante del espejo, ora abrazando a una delicada e invisible pareja ora girando desenfrenadamente y de vez en cuando deteniéndose y permaneciendo estático durante unos segundos en alguna pose original. Al ritmo de alguna sinfonía interior que seguramente llegaba a un apoteósico culmen, Jacinto Montes emprendió en una sucesión de saltos verticales con doble giro y caída en "primera posición" que desembocó en un traspiés centrífugo que le arrojó fuertemente contra el espejo. Por no se sabe qué misteriosa cabriola de la naturaleza, del encontronazo contra sí mismo resultó ir a dar con sus huesos al pequeño habitáculo en que moraba su imagen reflejada. A su vez, su imagen había caído hacia afuera y estaba ahora sentada en el suelo de su cuarto de baño, jadeante y confusa. Exactamente igual que él.