viernes, 14 de diciembre de 2012

La represión del Ego y los anhelos para alcanzar la Paz Espiritual

A mí, el precepto de aceptación de uno mismo y la anulación del anhelo, y lo importantes que resultan a la hora de alcanzar la paz espiritual  me los dejó bien claro este verano un anciano sabio, parroquiano de uno de esos bares de abajo _éste a pie de playa_ cuando, contemplando el sinuoso descenso por las escaleras del comedor de dos impresionantes ejemplares de veinteañera en bikini, suspiró y proclamó: "Ay! cuando Dios quita las fuerzas tendría que quitar también las ganas." Por eso cogiome a mí avisado cuando esta mañana, viniendo tan tranquilo de la oficina de correos de recoger mi Premio Nobel de Literatura Ilustarda, saliome al paso una fan o groupy.
"¿Sería usted tan amable, señor Del Valle," me dijo mientras se estiraba el escote, "de firmarme un autógrafo en un pecho?" "¿cómo dice, joven?" acerté a decir, _que viene a ser un me repite la pregunta para ganar tiempo_, pero ella ya se había sacado una teta y esgrimía, estorbándome la vista, algo como un rotulador. "Es un marcador de tatuajes," dijo, "luego el tatuador trabaja sobre la línea." "Niña," la interrumpí en el tono más paternal que me fue posible y, tras tragarme un "esa teta no debería firmarla sino el mismísimo Dios," le dije, "No ves que tengo edad suficiente para ser... el amante de tu madre _siempre hay que dejar un resquicio a la moralidad. "Bueno, al menos estás vivo. ¿Qué quieres, que me tatue a Jimy Hendrix? Además eres el más mejor escritor del mundo mundial, y ya sabemos que si no fuera por aquel profesor de música serías también el más mejor músico y yo tendría todos tus discos y los escucharía mientras follara y..." Eso ya no me gustó tanto, así que la corté tajantemente. "Mire, señorita," le repliqué, mientras intentaba transformar en un lago de paz y serenidad la imagen de las tetas de la muchacha _con mi firma tatuada_ saltando sobre mi pecho a ritmo de Ska, "folle usted con la música que le dé la gana y con quien le salga de la voluntad, y tatúese si quiere al ministro de cultura pero a mí déjeme en paz, que no tengo el corazón para ilusiones ni el cuerpo para falsas alarmas _ni la polla para salidas nulas, deseché ese pensamiento allá donde desecho los anhelos y las malas palabras, en los profundos de mi sesera_. "Déjeme al menos que le invite a una taza de  té..." contraatacó la niñata devolviendo su pecho a la protección de su camisetita, "...mientras intento convencerle."  El Tao nos enseña a recibir los problemas con alegría y entusiasmo por ser una oportunidad que nos brinda el destino para resolverlos y así me tomé yo la proposición de la groupy, precisamente por apreciar lo que tenía de problemática, de reto a mi autocontrol. Fuímonos pues a su casa que, lejos de la huardilla bohemía o el piso compartido que yo barruntaba, resultó un apartamentito de lo más sugerente cuyo salón, de otra manera bastante serio, presidía un enorme póster con mi jeta. Con eso no contaba, ahora debía combatir un ego muy crecido, además de no empalmarme. Mucho Tao y mucho Zen iba a hacer falta allí.  "¿Te importa que me ponga cómoda mientras hierve el agua?" me pregunta con descarada inocencia. Del cerebro en el ángulo oscuro, junto al arpa, iba yo desechando y almacenando mis anhelos etiquetados cada uno con su contenida expresión verbal correspondiente, maravillándome de cuán sucia y creativa puede llegar a ser la mente humana y lamentando tanta literatura desperdiciada por ñoñerías. Supongo que a nadie sorprendo si digo que, al poco, apareció desnuda como su madre la echó al mundo _no tiene pinta de hacer más de ventidós años_  así que voy a decir que venía en bragas y camiseta que resulta más verosimil, aún siendo menos real, y que su afán no era otro que el de hacerme saber, además de lo buena que estaba,  que no era yo su único ídolo y que sus nalgas ya lucían sendos tatuajes no por ampliamente reconocidos menos sorprendentes _ de Eduardo Mendoza no me estrañó tanto pero, ¿Benedetti? qué engañado me tenía_. Estaba claro que la muy taimada estaba intentando hacer pupa en lo más hondo de mí y habiendo opuesto tan férrea resistencia a sus encantos físicos, que eran muchos y muy atrayentes _y todos muy redondos_, ofrecíame ahora mi propio nombre escrito en la misma piel que lo habían dejado, de puño y letra, Don Eduardo Mendoza y Don Mario Benedetti. Bruja.
Total, que me convenció y no solo le firmé la teta, sinó que le escribí un breve relato en el abdomen con un par de ilustraciones y una dedicatoria, "A tomar por culo la paz espiritual". Y hubiera seguido de no haberme topado con algo en su fisonomía que me hizo recordar a Don Ramón Gómez de la Serna y detenerme.

"El lunar es el punto y final [del poema] de la belleza."
 













Yo que ella me casaba con el tatuador porque van a llegar a ser íntimos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario