domingo, 23 de diciembre de 2012

De cómo José María Aznar salvó mi vida

Esto no lo sabe nadie porque no lo he contado hasta ahora, o no conté la versión íntegra de aquel acontecimiento, por entender que pudiera ser ensueño o alucinación producto de una descarga masiva de adrenalina, pero hete aquí que hoy, a la luz de ciertos documentos incuestionables, comprendo que fue tan real como el accidente en sí. Dicho esto, y sin más preámbulos _que me conozco_ y eliminando los detalles que sí conté _un millón de veces_ voy directo a aquel ventiseis de diciembre, fecha habitual de mis accidentes y que hoy día, visto lo visto, reservo para quedarme en casa y, a poder ser, metido en la cama .

Pues la cosa es que hallábame yo esa mañana ascendiendo tan campante por la cara norte del Everest cuando sobrevínome un alud. En honor a la verdad, porque no me gusta contar trolas, he de decir que yo mismo provoqué la avalancha _sin querer, eso sí_  y fue que al meter el piolet bajo una cornisa, cosa que probablemente no debería haber hecho, ésta rasgose como se rasga un papel desde mi ubicación hasta la arista del collado norte y la placa de hielo sobre la que estaba descolgose y vínose toda abajo, conmigo encima. Un alud empieza despacio y va cogiendo velocidad a medida que la placa se descompone en pequeños bloques y polvo de nieve que engullen lo que quiera que se encontrara sobre su superficie, en este caso el que suscribe, así como todo lo que se interponga en su paso. Uno tarda unos segundos en comprender lo que está pasando, los suficientes para quedar sepultado y pasar a formar parte de esa masa de hielo y nieve descendente, pero quiso el destino que yo reaccionara a tiempo e intentara darme la vuelta aprovechando la creciente fuerza de la ola, cosa que conseguí casi por completo, a excepción de mi pie izquierdo que, habiéndose trabado el crampón, no quiso girar con el resto del cuerpo provocando dos efectos. El primero consistió en las fracturas del maléolo externo y el tendón tibial posterior. El segundo, debido a la inercia, fue salir despedido y volar de cara al valle ofreciéndoseme la maravillosa vista de los Himalayas con el campo base acercándose hacia mí a toda hostia. De pronto, el tiempo se detuvo y mi caída congelose como una foto. Junto a mí, un enorme bloque de hielo esperaba suspendido en el aire a que alguien volviera a darle al play y prosiguiera lo que no podía ser otra cosa que la escena de mi muerte. Entonces tuve la visión. Por allí por donde mis despojos deberían bajar rodando subía una pava despampanante ataviada con un minúsculo bikini amarillo, cuando llegó a mi altura me habló de esta manera. "Pachu," me dijo, "este hermoso paisaje que contemplas _ refiriéndose a los Himalayas aunque yo estaba más pendiente de sus tetas_ Es lo último que tendrías que ver, estaba previsto que ésta fuese tu hora, que ese valle de ahí fuese tu tumba y que las pisadas que dejaste al subir fueran tu triste epitafio. Pero resulta que me he enterado de que Dios, mi enemigo desde el comienzo de los tiempos, le ha hablado a José María Aznar y le ha dicho que debía vivir y guiar a la humanidad." Comprendí que era el mismísimo Diablo quien me hablaba. "Yo también te necesito vivo, Pachu," prosiguió, " Para que aturdas y confundas a esa parte de la humanidad que le dé por seguir a semejante gilipollas." Dicho esto se desvaneció y el bloque de hielo y yo caímos a plomo sobre un suave manto de nieve polvo _sin más lesiones que las descritas arriba_. Hoy, las memorias de Aznar, me confirman que no fue todo una alucinación debida a la falta de oxígeno, que aquella mujer de quitar el hipo me concedió verdaderamente una segunda oportunidad y que el Diablo, lejos de ser rojo y con cuernos y rabo, está que te cagas de maciza, razones más que suficientes para abandonar el alpinismo y pasarme al satanismo.
Mañana me compro una güija y le invito a cenar.


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