sábado, 17 de noviembre de 2012

Mi otro Yo me maltrata

Estaba yo repasando el texto anterior, por ver si todavía le quedaban faltas _no sería raro_ cuando me dije: Bórralo. ¿Qué? Que lo borres, coño, que lo elimines. Mi otro Yo me habla; Qué cojones tienes, tío. ¿Pero cómo te atreves a colgar semejante mierda? Pues no sé, me respondo, no me pareció tan malo. No es ninguna obra de arte pero tampoco una  ponzoña. Entonces me extiendo y me justifico como me enseñaron durante cuatro psicotrópicos años en la escuela de arte; Me parecía más importante la exactitud, la correspondencia con la verdad, con la realidad del sueño si se me permite el oxímoron, que la posible línea narrativa... Es una mierda pinchada en un palo, me interrumpo.
_Como véis, mi otro Yo hace de mí lo que le da la agana. Pero quién cojones te dijo que te ciñeras a la verdad, me grita, quién te impone ningún tipo de objetividad _imposible por otra parte_ quién te exige ser fidedigno con algo que no conoce si tú no se lo cuentas antes, y lo que es más importante, a quién coño crees que le importa que lo que digas sea cierto o no. Mi otro yo es implacable. Hombre, me atrevo a sugerir, la verdad no tiene por qué ser negativa, es más, pienso que la sinceridad es imprescindible en todo texto.
La verdad es que tú eres tonto, me dice. La verdad, capullo inocente, se reafirma, es el obstáculo más difícil que debe salvar la literatura, entendida como arte, y éste, como toda expresión en cualquiera de sus formas cuyo mensaje va dirigido y tiene como meta última, no el intelecto sino las emociones. El arte debe pulsar las emociones y La Verdad,  ahí en la provincia de las emociones, importa una mierda, no sé si me explico. A duras penas,  me digo _o le digo a mi otro yo_ y recurro al viejo truco de, ponme un ejemplo. Mi otro yo, que es un cabrón pero no gilipollas, contraataca. El ejemplo es el textito ese del sueño, que no empieza mal, es claro y sincero, _teniendo en cuenta que un par de lineas las solucionas con una cita ajena_,  El trabajo propiamente tuyo en el primer párrafo carece de interés periodístico, no pretende ser verdad o mentira, a nadie le importa si el dedo en el culo te encaja bien o mal, o si solo un poquito o hasta los metacarpianos. Lo que importa es la poesía, y poesía tiene. Sí, la poesía, porque así como todo cuadro es abstracto, y a veces además figurativo, todo texto literario es poesía, y a veces además, prosa y, tanto en uno como en otro, pesa más dónde y cómo están colocados los elementos que los elementos en sí y, por supuesto su significado semántico. El primer párrafo del texto hace pensar que lo que sigue va a ser interesante. ¿Qué pasa? Que lo que sigue decepciona. ¿Y por qué decepciona? Porque pretende ser verdad, pretende ser exacto. La tensión de mantener la narración fiel a unos hechos concretos que solo conoces tú jode completamente el flujo poético convirtiendo la narración en una descripción tan insulsa como prescindible. Te hubieras hecho una paja y todos habríamos salido ganando, especialmente tus tres lectores que se habrían evitado el mal trago de tener que fingir ese orgasmo literario que es un "Me Gusta."
Eres muy duro conmigo, protesto yo, tampoco tengo ninguna obligación de agradar a nadie. Ya, ya, vuelve a interrumpirme mi otro Yo _que dicho sea de paso ya me está tocando los huevos un poco_, ahora me vendrás con la tontería de que escribes para ti, que te la sopla lo que piensen los demás y todas esas tonterías preadolescentes que ni tú te tragas, con la edad que tienes, coño! Lo mejor que haces, si aún te importan esos tres lectores, es eliminar esa mierda y escribir una nota disculpándote por haberles colocado en tan incómoda situación.
Ja! Mi otro yo se ha metido en su propia trampa, jódete cabrón. Si pido disculpas por ese texto no puedo borrarlo cobardemente. Qué pensarán de mí mis tres lectores? Qué poca seriedad, dirán. Que poco "A lo hecho pecho," dirán. Dónde está la sinceridad. Por otra parte, si lo borro no podrán volver a leerlo y constatar que es cierto, que es una mierda y que carece de poesía. Así que ahí se queda, ja!  Junto con esta victoria de mi Yo amable sobre mi Yo borde.
Tu Yo ingenuo sobre tu Yo realista, me corrige el cabrón, y como siempre tiene que tener la última palabra añade; Por cierto, ¿a cuál llamas tú primera falange? .


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