jueves, 22 de noviembre de 2012

La clase de música

O el día que el mundo perdió una estrella.

No mantengo más el misterio, estoy hablando de mí. Yo podría ser hoy un artista de renombre. Un músico con una importante trayectoria internacional, porque ya tengo unos años, y reconocido por los mejores críticos. Yo podría ser hoy el mejor y más moderno y arriesgado productor musical de la escena planetaria porque yo nací para eso. Y lo sería de no haberse cruzado en mi camino aquel sádico cabrón profesor de música en séptimo de EGB que me hizo creer, a tan tierna edad, que yo era gilipollas. Hasta entonces las clases de música eran maravillosas, eran mejor que el recreo _al que yo casi nunca podía salir por estar ocupado en algún castigo estúpido como copiar cien veces una palabra_ la clase de música era lo mejor, por no decir lo único bueno, del colegio. Bueno, y las niñas. La profesora no solo no me exigía atención, dejándome deambular a mis anchas por mis mundos personales sino que, encima, les ponía banda sonora. La clase de música era genial. Ahí ya no te importaba que el hijoputa del delegado te hubiera puesto una cruz, o que un profe te hubiera dado un coscorrón al entrar por no estar bien en la fila, aunque supieras que te caería otro luego en clase porque no llevabas hechos los dos problemas que te habían puesto ayer para casa _el de la fila era solo un coscorrón extra a los cinco o seis que recibías por día_ En la case de música no importaba tampoco que, hoy no porque sabes que no has terminado en casa el puto análisis sintáctico que no te dio tiempo a terminar ayer en clase y te van a castigar sin recreo, pero mañana, si es que haces hoy por la tarde los deberes de los cojones, te van a dejar salir al recreo y, allí, en el patio, te va a estar esperando el gordo, cabrón, hijoputa, abusón de septimo B que no sabes por qué cojones la ha tomado contigo. En la clase de música yo podía irme del colegio, podía irme del país, podía irme del planeta y viajar en el tiempo. Incluso podía llevarme conmigo a la niña esa de la coleta si quería. La clase de música era felicidad y descanso, lástima que solo fuera dos horas a la semana, lo demás para mí, era agonía y miedo.
Pero hete aquí que un requiebro del destino muy en mi contra, quiso que solo suspendiera dos asignaturas_pudo influir también el hecho de que era la segunda vez que hacía ese curso_ con lo que podía pasar a séptimo llevándome esas dos para recuperarlas durante el siguiente curso. Solo pensarlo me daba escalofríos. Todas las de séptimo más lengua y matemáticas de sexto.
Pasé de curso, el gordo no, le tocó en mi clase. Le nombraron delegado, que es como se llama en el cole al cerdo chivato de mierda. Los deberes eran muchos más y más difíciles con lo que mis recreos pasaron de escasos a excepcionales. Las clases llamaban mi atención tanto como las del curso anterior, nada _no digo más que cuando volvía en mí la clase había terminado._ y por si fuera poco, a la de la coleta le gustaba uno de octavo, nada menos. Pero lo peor era, porque  a lo anterior acabé acostumbrándome, Don Angel, el profe de música... y lengua. A Don angel le gustaba torturar niños enrroscándoles las orejas, o tirándoles de las patillas hasta que ya no podían ponerse más de puntillas. Luego estaba La Torta. Don Angel era un tío muy alto y con unas manos enormes. La Torta, consistía en que él te cogiá la cara con una mano, para impedir el retroceso, y con la otra te daba una hostia. Así de simple. Se te quedaba la cara dormida todo el puto día. La Torta en sí era una tortura física, pero había otra psicológica no memos retorcida. Don Angel no te daba una hostia en toda la jeta por que sí, tenía que ser una falta grave y confirmada, como por ejemplo que el delegado hubiera escrito tu nombre en la pizarra con una o varias cruces que significaba que habías estado armando jaleo en el cambio de clase. Cada cruz era una hostia que, según la valoración del delegado cabrón chivato de mierda, merecías y que ibas a recibir cuando llegara Don Angel. Don Angel llegaba, leía la lista negra en la pizarra y llamaba a los condenados. Allá salíamos casi siempre los mismos a ser humillados publicamente para regocijo del delegado de clase y sus cobardes seguidores. Despues de las ejecucione ya empezaba la clase propiamente dicha. También te merecías La Torta si copiabas, falsificabas notas o hacías cualquier tipo de trampa, como por ejemplo, escribir a lápiz en el pentagrama el nombre de las notas apretando mucho y luego borrarlo para que quedara la marca pero no el grafito y así, a la hora de solfear, solo tenías que aprenderte la melodía de oído y leer las marcas del lapiz como si fuera la letra da le canción. Así de simple. El cabrón del delegado se chotó. Y Don Angel _hará referencia al caído_ procedió con su labor educativa mediante tres hostias seguidas y un enrroscamiento de oreja. La clase de música se había jodido para siempre, mi oasis había sido clausurado. El miedo, que hasta entoces respetaba el círculo mágico que suponía la clase de música, se había sentado a mi lado. Ya no habría descanso.
 Otro trauma más.
 


2 comentarios:

  1. Con renombre o sin él, sigues siendo un ARTISTA, cabronazo. Siempre lo fuiste.
    Fernando Nuño.

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  2. Coño, Nuño!!! no había visto el comentario!! Gracies, el artista del hambre.:P

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